Los grupos de WhatsApp también educan: cómo participar de manera activa y constructiva

Una familia recibe un mensaje en el grupo de WhatsApp del curso: alguien comenta una situación ocurrida durante la jornada escolar. En pocos minutos aparecen preguntas, opiniones y nuevas versiones. Algunas personas intentan ayudar; otras reaccionan con preocupación o molestia. Aunque todavía no se conoce el contexto completo, una inquietud particular comienza a convertirse en una conclusión colectiva.

Esta escena es cada vez más común. Los grupos de WhatsApp pueden ser herramientas muy valiosas para recordar una actividad, resolver una duda sencilla, apoyar una iniciativa o fortalecer los vínculos entre las familias. Sin embargo, también pueden amplificar rumores, aumentar innecesariamente la preocupación y exponer situaciones que deberían tratarse de manera privada.

Como adultos, quizás pensemos que estas conversaciones solamente nos involucran a nosotros. Pero nuestros hijos observan cómo reaccionamos, cómo hablamos de otras personas y cómo resolvemos nuestras diferencias. Por eso, los grupos de WhatsApp también educan.

Cada mensaje transmite una manera de entender la convivencia. Cuando verificamos la información antes de compartirla, enseñamos prudencia. Cuando evitamos juzgar a un estudiante, una familia o un profesor sin conocer todos los hechos, enseñamos respeto. Cuando acudimos directamente a quien puede resolver una situación, enseñamos responsabilidad. Cuando reconocemos un error o moderamos nuestras palabras, enseñamos madurez.

En Bureche creemos en una comunidad construida desde la confianza, el diálogo directo y la corresponsabilidad. Esto no significa que las familias deban guardar silencio ante una inquietud. Al contrario, necesitamos que compartan oportunamente la información que pueda ayudarnos a proteger a los estudiantes, comprender una situación o mejorar nuestros procesos. La diferencia está en cómo, dónde y con quién se plantea cada asunto.

Canal whatsapp

Un grupo de padres rara vez cuenta con toda la información necesaria para analizar un caso. Los niños y jóvenes suelen relatar aquello que vivieron desde su propia perspectiva, y sus emociones deben ser escuchadas y validadas. Sin embargo, escuchar con empatía no implica asumir inmediatamente que conocemos la historia completa. Antes de llegar a conclusiones, debemos permitir que el colegio consulte a las personas involucradas y comprenda el contexto.

También debemos recordar que detrás de cada situación hay seres humanos. Nombrar o describir públicamente a un estudiante puede afectar su dignidad y su bienestar. Cuestionar a una familia o a un profesor en un espacio colectivo puede causar un daño difícil de reparar. Incluso cuando existe una preocupación legítima, la exposición pública no suele acercarnos a una solución.

¿Cómo podemos participar de manera activa y constructiva?

Primero, preguntémonos si el grupo es el canal adecuado. Los asuntos generales y logísticos pueden resolverse allí. Las situaciones académicas individuales, los conflictos, las preocupaciones de convivencia y cualquier tema relacionado con la seguridad o el bienestar de un estudiante deben comunicarse directamente al profesor o líder correspondiente.

Segundo, diferenciemos entre informar y especular. Compartir un hecho verificable puede ser útil; reenviar versiones, interpretar intenciones o presentar una percepción como una certeza aumenta la confusión. Antes de enviar un mensaje, vale la pena preguntarnos: ¿sé que esto ocurrió así?, ¿protege la privacidad de quienes están involucrados?, ¿ayuda realmente a resolver el problema?

Tercero, evitemos escribir desde la emoción del momento. Cuando algo nos preocupa, es natural sentir molestia, temor o frustración. Tomarnos unos minutos antes de responder puede cambiar completamente el tono de una conversación. Un mensaje escrito impulsivamente permanece, puede ser reenviado y casi siempre genera más reacciones de las que imaginamos.

Cuarto, no traslademos a nuestros hijos las tensiones de los adultos. Los comentarios negativos sobre compañeros, familias o profesores pueden afectar sus relaciones y su sentido de seguridad. Podemos expresar una inconformidad y buscar respuestas sin enseñarles a desconfiar de toda la comunidad.

Quinto, usemos estos espacios también para construir. Reconocer un gesto positivo, agradecer una iniciativa, apoyar a otra familia o recordar con amabilidad una actividad contribuye a crear el tipo de comunidad que queremos para nuestros hijos.

La comunicación digital elimina muchos elementos presentes en una conversación cara a cara: el tono, los gestos, la posibilidad de aclarar inmediatamente y, sobre todo, la pausa necesaria para escuchar. Por eso exige de nosotros una responsabilidad aún mayor.

Antes de publicar, podríamos aplicar una regla sencilla: verificar, proteger y aportar. Verificar que la información sea cierta; proteger la dignidad y privacidad de todos; y preguntarnos si nuestras palabras aportan a una solución. Si no cumplen estas tres condiciones, probablemente convenga elegir otro canal o esperar antes de enviarlas.

En Bureche queremos ser “un colegio, una voz, un Bureche”. Esto no significa pensar siempre igual, sino conversar desde un propósito común: el bienestar y la formación de nuestros estudiantes. Los grupos de WhatsApp pueden ayudarnos a construir pertenencia, siempre que no sustituyan el diálogo directo ni se conviertan en escenarios de juicio.

Nuestros hijos aprenderán a convivir en el mundo digital observando cómo lo hacemos nosotros. Cada mensaje es una oportunidad para enseñarles a comunicarse con criterio, empatía y responsabilidad. Así también los ayudamos a aprender, crecer y pertenecer.

Patrick Bauch - Rector Bureche School