Durante los últimos días, los resultados de PISA han ocupado los titulares y han reabierto una conversación necesaria sobre la calidad de la educación en Colombia. Los datos confirman que debemos mejorar los aprendizajes, fortalecer la lectura, las matemáticas y las ciencias, y elevar nuestras expectativas académicas.
Es una llamada que debemos atender con seriedad.
Sin embargo, mientras el país hablaba de PISA, un nuevo informe de UNICEF pasó casi desapercibido. Su contenido debería alarmarnos a todos los que tenemos la responsabilidad de educar, acompañar y proteger a niños y adolescentes.
El informe se titula Through Children’s Eyes: How Digital Technologies Enable Child Sexual Abuse —A través de los ojos de la infancia: cómo las tecnologías digitales facilitan el abuso sexual infantil— y fue publicado por UNICEF en septiembre de 2026. Su importancia radica no solamente en la magnitud de sus cifras, sino en que presenta esta realidad desde las experiencias y los testimonios de los propios niños.
La investigación reúne encuestas representativas realizadas a cerca de 21.000 usuarios de Internet de entre 12 y 17 años en 21 países, además de entrevistas en profundidad a jóvenes que sufrieron estas formas de violencia durante su infancia. Colombia participó en la segunda etapa del estudio, cuyos datos fueron recopilados entre 2024 y 2025.
Los resultados para nuestro país son estremecedores.
UNICEF estima que aproximadamente 848.000 niños y adolescentes colombianos de entre 12 y 17 años que utilizan Internet sufrieron, durante un solo año, al menos una forma de explotación o abuso sexual facilitado por la tecnología. Esto equivale aproximadamente al 20% de esta población: uno de cada cinco.
No estamos hablando de un riesgo lejano, excepcional o reservado para determinados tipos de familias. Estamos hablando de cientos de miles de niños colombianos y de los mismos espacios digitales que utilizan todos los días para comunicarse, aprender, jugar y relacionarse.
El informe estima que cerca de 640.000 niños y adolescentes colombianos fueron expuestos a imágenes o videos sexuales que no querían ver. Más de 267.000 recibieron solicitudes para sostener conversaciones sexuales o compartir imágenes íntimas en contra de su voluntad. Aproximadamente 276.000 recibieron ofrecimientos de dinero o regalos a cambio de imágenes, videos o encuentros sexuales.
Además, cerca de 177.000 habrían sido amenazados o chantajeados para participar en actividades sexuales, y más de 142.000 fueron amenazados con la difusión de imágenes o videos íntimos.
Es importante comprender lo que estas cifras representan. No son simplemente “malas experiencias en Internet”. Son formas de violencia y explotación que pueden producir miedo, vergüenza, aislamiento, pérdida de confianza, ansiedad, autolesiones y pensamientos suicidas.
En Colombia, los niños que reportaron haber sufrido estas formas de abuso presentaron una probabilidad 2,6 veces mayor de manifestar pensamientos o conductas suicidas y una probabilidad similarmente mayor de autolesionarse. El impacto puede extenderse a sus relaciones, su desempeño escolar, su salud mental y su capacidad de sentirse seguros.
Otro hallazgo derrumba una idea muy extendida: que el principal peligro siempre es un desconocido escondido detrás de una pantalla.
En el 41% de los casos registrados en Colombia, la persona involucrada era alguien conocido por el niño, como un amigo, familiar o pareja sentimental. En el 22% se trataba de un desconocido, mientras que en el 37% de los casos el niño no pudo identificar a la persona o prefirió no revelar su identidad.
La tecnología no crea por sí sola todas estas formas de violencia, pero sí puede ampliificarlas, ocultarlas y facilitar su continuidad. En Colombia, el 53,7% de los casos reportados ocurrió en redes sociales. Los riesgos también estuvieron presentes en servicios de mensajería, transmisiones en vivo, plataformas para compartir contenido y juegos en línea.
Quizás el dato más doloroso sea el silencio.
En Colombia, el 46,8% de los casos no fue contado a nadie. Y, entre los casos que sí fueron revelados, prácticamente ninguno llegó a un mecanismo formal de protección: solo el 0,1% fue comunicado a la Policía, mientras que el porcentaje reportado a trabajadores sociales o líneas de ayuda fue cercano a cero.
¿Por qué tantos niños guardan silencio?
UNICEF encontró razones como no saber a quién acudir, sentir que el incidente no era suficientemente grave, querer mantenerlo en privado, temer las consecuencias o experimentar vergüenza. Muchas veces los niños no poseen todavía las herramientas para reconocer que aquello que les ocurrió constituye abuso. Otros temen que los adultos los culpen, los castiguen o les retiren sus dispositivos sin escuchar primero lo sucedido.
Por eso, la respuesta no puede limitarse a decirles que “tengan cuidado”.
UNICEF es enfático en señalar que la responsabilidad de protegerse no puede recaer exclusivamente sobre los niños. Las familias, los colegios, las empresas tecnológicas y las autoridades tenemos obligaciones concretas. Las plataformas deben ser más seguras desde su diseño; los gobiernos deben fortalecer la legislación y los mecanismos de denuncia; y las escuelas y familias debemos construir relaciones en las que un niño pueda hablar sin miedo.
Como adultos, necesitamos conocer los espacios digitales en los que participan nuestros hijos, establecer límites adecuados para su edad y conversar abiertamente sobre privacidad, consentimiento, manipulación, chantaje y envío de imágenes. También debemos enseñarles que una persona puede presentarse con una identidad falsa, pero que el riesgo puede provenir igualmente de alguien conocido.
Debemos decirles con absoluta claridad: si alguien te muestra contenido sexual, te pide una imagen íntima, te ofrece algo a cambio, te amenaza o comparte una imagen tuya sin permiso, no es tu culpa. Puedes contarlo. Te vamos a escuchar, proteger y ayudar.
En Bureche, nuestro compromiso con la salvaguarda incluye la educación preventiva, los filtros de seguridad en nuestras redes, la supervisión del uso de la tecnología y el seguimiento de alertas. Pero ninguna herramienta tecnológica reemplaza la confianza. El filtro más importante sigue siendo la relación que permite que un estudiante acuda a un adulto cuando algo lo hace sentir incómodo, confundido o amenazado.
Proteger a nuestros estudiantes exige trabajar juntos. El colegio puede educar, prevenir, detectar y activar rutas de atención, pero las familias también necesitan acompañar activamente la vida digital de sus hijos. No se trata de vigilar cada conversación, sino de estar presentes, conocer sus hábitos y construir la confianza necesaria para que pidan ayuda.
Los resultados académicos importan. Debemos formar estudiantes capaces de leer, pensar, investigar, argumentar y resolver problemas. Pero mientras atendemos ese desafío, no podemos ignorar una alerta que involucra la integridad, la dignidad y, en algunos casos, la vida de nuestros niños.
El informe se llama A través de los ojos de la infancia porque nos obliga a mirar esta realidad como ellos la viven: no como un problema abstracto de tecnología, sino como experiencias que pueden comenzar con un mensaje, una solicitud, una imagen no deseada o una conversación aparentemente inofensiva.
Uno de cada cinco niños y adolescentes colombianos que utilizan Internet aparece afectado en esta investigación. Casi la mitad de los casos permanece en silencio.
Es fundamental que prestemos atención.
Nuestros hijos necesitan adultos que conozcan los riesgos, establezcan límites, hagan las preguntas difíciles y, sobre todo, sepan escuchar las respuestas.
Lo que hacemos importa.
Fuente: UNICEF, Through Children’s Eyes: How Digital Technologies Enable Child Sexual Abuse, septiembre de 2026.